El travestismo femenino (II): de lo anecdótico a lo cosmético

El travestismo femenino responde a la necesidad de subsistir, a la necesidad de reafirmarse de forma identitaria, pero en ocasiones, puede estar dotado de un cierto carácter anecdótico o circunstancial.

En 1926, la pintora Maruja Mallo, acompañada por sus amigos Federico García Lorca, Salvador Dalí y Margarita Manso, organizó una excursión al monasterio de Silos, una visita que devendría en un inesperado ejercicio de travestismo. Así relataba Mallo la anécdota, años más tarde: “Proyectábamos conocer los ritos litúrgicos de los cantos gregorianos y nos dirigimos al monasterio de Silos y obstaculizaron nuestra entrada porque dos de los proyectantes vestían faldas, problema que resolvimos prontamente, utilizando las chaquetas de Salvador Dalí y Federico, usándolas como pantalones. Margarita Manso y yo con las boinas muy encasquetadas que ocultaban los cabellos y aceptaron nuestra entrada en el recinto sagrado como promotores del travestí a la inversa. Nadie llevaba bigotes, y así penetramos en el monasterio”.

Frida Kahlo con sus hermanas, 1926. Fotografía de Guillermo Kahlo
Frida Kahlo con sus hermanas, 1926. Fotografía de Guillermo Kahlo

Con 18 años, Frida Kahlo vestía con traje de hombre. Con atuendos masculinos y el cabello corto y engominado aparece en algunas fotografías tomadas en 1926 por su padre, el fotógrafo Guillermo Kahlo. Con gesto severo posa en compañía de algunos miembros de su familia, con un aire de sofisticado dandy decimonónico, luciendo traje de hombre con chaleco, corbata, pañuelo en el bolsillo y bastón. La adopción de indumentaria masculina por parte de la pintora puede interpretarse como un acto de resistencia, de rebeldía, una forma de romper con una identidad femenina impuesta, el punto de partida para la construcción de una nueva identidad.

Frida Kahlo, Cortándome el pelo con unas tijeritas, 1940
Frida Kahlo, Cortándome el pelo con unas tijeritas, 1940

Años más tarde, en 1940, recuperará el atuendo masculino en el autorretrato titulado “Cortándome el pelo con unas tijeritas”. Incorporando los versos de una canción popular – “Mira que si te quise, fue por el pelo. Ahora que estás pelona, ya no te quiero” – aparece vestida con un amplio traje de hombre que combina con zapatos de mujer y pendientes, eliminando de su aspecto todo aquello con lo que había conformado su imagen exterior: la larga cabellera y sus vestidos mexicanos. Frida renuncia a su apariencia femenina,  pero ¿con qué intención?, ¿para ser rechazada conscientemente?, ¿cómo un reto? Lo cierto es que pintó este autorretrato coincidiendo con una de sus separaciones de Diego Rivera. La obra refleja la complejidad de la personalidad de Frida Kahlo y muestra, a su vez, una atracción por la ambigüedad identitaria y un cuestionamiento de la feminidad imperante, que ya se había manifestado en sus retratos fotográficos de los años veinte.

Marlene Dietrich, París, 1933
Marlene Dietrich, París, 1933

En esas primeras décadas del siglo XX, concretamente en la década de los treinta, el uso de prendas masculinas por parte de las mujeres desafiaba los convencionalismos sociales y el mundo del cine no fue una excepción. Estrellas del celuloide como Katharine Hepburn, Greta Garbo y Marlene Dietrich  reivindicaron, tanto dentro como fuera de la gran pantalla, una imagen ambigua y andrógina vistiendo ropas de hombre, en un ejemplo de lo que podríamos calificar de “travestismo cosmético”. Citemos como ejemplos las interpretaciones de Dietrich en Morocco de Josef von Sternberg (1930), Hepburn en La gran aventura de Silvia de George Cukor (1935) y Garbo en La Reina Cristina de Suecia de Rouben Mamoulian (1933).

Katharine Hepburn en La gran aventura de Silvia, 1935
Katharine Hepburn en La gran aventura de Silvia, 1935

Hepburn fue una firme defensora del uso del pantalón por parte de las mujeres, vistiéndose habitualmente con esta prenda. Dietrich también llevó su transgresión fuera de los estudios de cine y tanto en la pantalla como en la vida real vistió con indumentaria masculina.  Le gustaba llevar esmoquin, prenda que lució una noche de 1932, en el estreno de una de sus películas del brazo de Gary Cooper y Maurice Chevalier. Con ella llegó el esmoquin y el escándalo. No es de extrañar que en 1933 tras su llegada a París, el prefecto de policía, a través de un requerimiento,  la “invitara” a abandonar la ciudad. Su delito: vestir como un hombre.

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2 comentarios

  1. Muy sugerente el artículo; me hizo recordar a otra mujer interesantísima que propugnaba la libertad en todos los aspectos: Claude Cahun, fotógrafa, activista revolucionaria, poeta, artista…
    Gracias por recordarnos a estas mujeres.
    Saludos

    • Gracias por tus comentarios Ágata. Los autorretratos de Cahun son fascinantes: busca lo individual más allá de los géneros, superando lo masculino y lo femenino y caricaturizando los estereotipos. Lo que viene a cuestionar Cahun es la existencia de un “yo” único, mostrando las múltiples posibilidades de un “yo” maleable.

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