Mascaradas

Manifestación y representación pública, el Carnaval es rito, fiesta, juego y símbolo. Como ritual de liberación, muestra el lado más cómico y grotesco de la realidad, por medio de la transgresión, la exageración, la subversión, la distorsión y la parodia.  Como fiesta pública, permite la participación en una gran mascarada en la que todos y todas somos actores y personajes. Como fenómeno simbólico, cuestiona y manipula el orden social existente, las normas y las categorías sociales bajo la inversión simbólica –sexual, de edad, de estatus y de naturaleza-. El Carnaval es por tanto una performance, una teatralización en la que máscaras, disfraces, caretas, antifaces y maquillajes son elementos imprescindibles para la creación de personajes.

Los rituales públicos del Carnaval, que se despliegan en la simulación de identidades, también están presentes en el ámbito de lo privado, en el que la masculinidad es una farsa y la feminidad una mascarada. Las transgresiones de roles y el travestismo en el marco del Carnaval no suponen ninguna amenaza al sistema establecido, al ser considerados incursiones lúdicas de carácter ritual, performances vinculadas a la indumentaria, el maquillaje,  la gestualidad o la voz. Pero no siempre ha sido así. Citemos como ejemplo un auto del alcalde de Santa Cruz de Tenerife, Thomas Cambreleng, fechado en 1782,  que prohibía “las máscaras que ocultaran el sexo de las personas” tras los “escándalos e indecencias” observados en los días de Carnaval:

“Que por cuanto se acercan los días de carnestolendas, y que con indecencia, y escándalo se ha observado estos años pasados en iguales días, que muchas personas se disfrazan con máscaras y trajes diferentes de su propio sexo, su merced queriendo en cuanto esté de su parte evitar que en las presentes bacanales, se vean semejantes desórdenes que no pueden servir de pasatiempo sino a las personas licenciosas, y de mal gusto; debía mandar, y mandó: que ninguna persona de cualquier estado o condición que sea use de disfraz, máscara o traje diferente de su propio sexo, de suerte, que pueda causar equívoco en los que miran, sopena de que se les desnudará públicamente en la calle, se les exigirá cuatro ducados de multa, aplicados en la forma ordinaria, y se les pondrá en la cárcel por ocho días, con las demás penas que su merced tuviere por conveniente aplicar según la calidad, y condición de los sujetos”.

Fuera del marco performativo del Carnaval el travestismo desestabiliza y desafía las normas sociales, evidenciando que el género es una construcción social y cultural. Esto nos lleva a plantearnos varias cuestiones: ¿El travestismo plantea un tercer género? ¿Refuerza las identidades de género al apropiarse simbólicamente de aquellos rasgos que definen lo masculino o lo femenino? ¿O por el contrario desafía las categorías de género? Lo cierto es que su cuestionamiento de la supuesta relación natural entre sexo y género y de las categorías genéricas de lo femenino y lo masculino, convirtieron al travestismo en una amenaza, si atendemos a las numerosas reglamentaciones, normas y leyes que a lo largo de la historia han sido promulgadas para regular el uso de vestimentas del sexo contrario.

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