El mal de Venus

En su obra Los siete pecados capitales (1933) el pintor Otto Dix identifica a la Lujuria con una fémina que acaricia y exhibe uno de sus pechos, mientras pasa la lengua por sus labios sifilíticos. La imagen transmite una idea clara y precisa: la lujuria es un pecado que tiene  forma de mujer y conduce a la muerte a través del contagio de enfermedades venéreas. Y entre ellas, la sífilis fue una de las más mortíferas y también una de las más representadas en el arte, siempre identificada con la mujer promiscua, bien fuera prostituta o adúltera. Resulta por tanto paradójico, que dentro del orden burgués el meretricio estuviera considerado como un mal necesario: daba salida a las necesidades sexuales de los varones y su existencia aseguraba la pervivencia de otro tipo de mujeres, consideradas más virtuosas y castas.

Asociada indisolublemente a la prostitución, el contagio del llamado “mal de Venus” fue, a comienzos del siglo XX,  una de las cuestiones que más preocuparon a la opinión pública, lo que explica que  paralelamente al aumento del comercio sexual, hiciera su aparición la sifilofobia, una corriente de histeria vinculada a la propagación de la enfermedad venérea. Conscientes de este problema, numerosos burdeles realizaban inspecciones médicas obligatorias y periódicas a sus inquilinas. Un tema tan delicado como el de las revisiones médicas que debían pasar las prostitutas parisinas para ejercer su profesión, fue representado por artistas como Toulouse-Lautrec con gran naturalidad, mostrando como las mujeres, no sin cierta vergüenza, alzaban sus faldas mientras esperaban su turno en la revisión del doctor que semanalmente las visitaba. Si el diagnóstico era positivo y tenían la enfermedad  debían ser internadas en el Hospital de Saint-Lazare de París. Y si a pesar del diagnóstico seguían ejerciendo la prostitución y eran descubiertas, podían enfrentarse a una condena de entre tres meses y un año de reclusión en una prisión.

A este centro de internamiento y hospital para prostitutas sifilíticas acudió Pablo Picasso en los primeros años del siglo XX para realizar dibujos del natural  y allí tuvo la ocasión de ver a las reclusas conviviendo con sus hijos también enfermos. Profundamente impresionado e impactado, Picasso retrató estas visiones del Hospital de Saint-Lazare en dibujos y pinturas que aúnan vida –maternidad-  y muerte – sífilis-, con  imágenes de  mujeres enfermas, abandonadas a su suerte,  rodeadas de pobreza, que con sus manos huesudas agarran con fuerza a sus hijos, enfermos y desnutridos, en un último gesto de protección.

En la ciudad de Barcelona en las primeras décadas del siglo XX existían unas 10.000 prostitutas registradas en una población de 533.000 habitantes, muchas de ellas menores de edad y en su mayoría pertenecientes a la clase obrera.  Un buen número de burdeles estaban situados en la Ciutat Vella y en el Raval, y aunque la sociedad toleraba hasta cierto punto el ejercicio de la prostitución, el aumento de esta actividad propició la aparición de centros para tratar las enfermedades venéreas, como el Sanatorio para sifilíticos del Doctor Abreu.  El tratamiento contra la sífilis fue publicitado por este conocido centro a través de un cartel realizado en 1900 por el pintor Ramón Casas. En él, una pelirroja meretriz con los hombros y el pecho descubierto, ofrece una flor mientras mantiene oculta a una serpiente que sujeta con fuerza en la otra mano, símbolo del pecado y el engaño. El narciso blanco que contempla con tristeza, evoca a la inocencia perdida, pero a su vez remite a la belleza con la que atrae a sus potenciales clientes. Las manchas violetas de su mantón recuerdan a las manchas rosáceas que aparecen diseminadas por todo el cuerpo una vez contraída la sífilis.

A su vez, desde el Comité Ejecutivo Antivenéreo español fueron difundidos numerosos carteles que alertaban del peligro que escondían los placeres venales. Así, en la misma línea que el anterior se encuentra La oferta peligrosa (1927) de Ramón Manchón que presenta a la prostituta como una mujer fatal, un ser sexualmente peligroso que se ofrece carnalmente, engañando a través de su belleza para conducir a los hombres a una muerte segura.  Y si estos primeros carteles para combatir la propagación de la sífilis alertaban al varón de los peligros que entrañaban los contactos sexuales con prostitutas, con los años modificaron sus temáticas, presentando a las esposas y a los niños como víctimas inocentes de las “conductas irresponsables” de esposos adúlteros.

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