Dos francos la hora

Eduard Manet, En el Café Guerbois, 1869Después de cuatro horas en la misma posición tengo dolores por todo el cuerpo. Ya empiezo a sentir cómo el frío gélido de la habitación penetra por cada poro de mi piel. ¡En qué estaría pensando cuando accedí a su extraña proposición! “Dos francos la hora, durante una semana”, me dijo. Acepté porque era dinero fácil. ¡Dinero fácil! ¡Sin complicaciones!

Allí estaba yo, ayer por la tarde, sentada en una mesa del Café Guerbois. Me llamó la atención porque se había acercado en un par de ocasiones, sin atreverse a hablar. Al tercer intento, sin mirarme directamente a los ojos, balbuceó:

-Verá señorita… perdone que la moleste. El caballero de la barra me ha hablado de usted. Y yo, en fin… No sé cómo explicarle, yo…

-¿Requiere usted de mis servicios?

-Sí, eso, eso exactamente. ¿Sería usted tan amable de acompañarme a mi casa? No está muy lejos de aquí. Le pagaré bien y por adelantado si hace falta. Aunque, si le soy sincero, debo decirle que la necesitaré unos días.

Reconozco que me sorprendió. ¿Unos días? ¿Y en su casa? Necesitaba el dinero, pero nunca aceptaba clientes fuera del burdel.

-Bueno, no sé… supongo que sí… -contesté-. Verá, no lo tome como una negativa, pero no tengo por costumbre encontrarme con mis clientes en sus casas. Comprenderá que puede resultar una situación un tanto incómoda.

-Lo entiendo perfectamente – fue su respuesta -. Lo cierto es que debo disponer de algunos utensilios, herramientas y algo de vestuario. Y pensé que resultaría más cómodo que viniera usted a mi casa. Pero no se preocupe. Si me da la dirección exacta, mañana a las 9 de la mañana podríamos vernos.

Y ha llegado puntual. A la hora acordada. Le ha recibido Marie “Titi” y ella misma le ha acompañado a mi habitación. Creo que se ha ruborizado ligeramente al verme. Supongo que no esperaba encontrarme completamente desnuda. Ha traído todo lo que me dijo que necesitaba, desplegándolo por la habitación. Y casi sin mediar palabra ha abierto un gran maletín, extrayendo de él algunos objetos, entre ellos un mantón de Manila que cuidadosamente ha extendido sobre mi cama. Luego se ha acercado a mí y con sus manos temblorosas me ha colocado una orquídea en el cabello, atando después un lazo negro alrededor de mi cuello.

-¿Sería usted tan amable de ponerse estas chinelas de tacón? -me ha preguntado-. Y me las he puesto. Son preciosas, aunque me aprietan un poco.

-¿Quiere usted que me quite este brazalete?

-No, no hace falta. Me gusta cómo luce en su brazo.

-¿Cómo quiere que me coloque? ¿Ha pensado usted en alguna posición en particular?

-Sí, sí. Por supuesto. Lo tengo todo pensado. Túmbese en la cama, por favor, ligeramente incorporada. Y ahora cruce las piernas y coloque su mano debajo de la barriga, pero apoyándola suavemente sobre su muslo derecho. Muy bien. Perfecto. Quédese quieta, sin moverse. ¡No olvide usted que es muy importante que no cambie de posición!

Llevo desde esta mañana así. ¿Qué pretende? ¿Qué esté desnuda en esta incómoda postura, sin moverme? La puerta se abre. ¡Ah, ahí está Marie “Titi”! Acaba de entrar en la habitación. En otras circunstancias me hubiera molestado, pero en estos momentos agradezco profundamente esta interrupción.

-Disculpe señorita.

-Sí, Marie “Titi”. ¿Qué ocurre?

-Un caballero ha traído este ramo de flores para usted. La espera en el salón.

-Señor Manet,  ¿cree usted que podríamos descansar un momento?

-Por supuesto, señorita Olympia. Pero sólo cinco minutos. Le recuerdo que tenemos mucho trabajo por delante.

Yolanda Peralta Sierra, “Dos francos la hora”, en Alexis W. Hetaira. Cartografías literarias, CAAM, Las Palmas de Gran Canaria, 2011, pp. 70, 71.

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