Dialécticas del aislamiento

Portada del catálogo de la exposición Dialectics of Isolation, Galería AIR, Nueva York.
Portada del catálogo de la exposición Dialectics of Isolation, Galería AIR, Nueva York.

Dentro de la producción artística feminista, en la década de los 90 asistimos a un proceso de interrelación de los debates en torno a la raza, la clase, el sexo y el género; temas que, aunque ya habían sido objeto de discusión en las dos décadas anteriores, empiezan a articularse con una mayor consistencia. En esos años tiene lugar la pérdida de la dominación y la hegemonía de los discursos artísticos feministas occidentales, incorporándose al debate el trabajo de artistas de otras regiones del mundo. En relación a esta cuestión, ya en el año 1980, en el catálogo de la exposición Dialectics of isolation: An Exhibition of Third World women artists of the United States, celebrada en la A.I.R. Gallery de Nueva York, la artista de origen cubano Ana Mendieta escribía:

“¿Existimos? Cuestionar nuestras culturas es cuestionar nuestra propia existencia, nuestra realidad humana. Confrontar este hecho significa adquirir una conciencia de nosotros mismos. Esto a su vez, deviene una búsqueda, un cuestionar quiénes somos y en quiénes nos convertiremos. Durante la década de 1960, las mujeres de los Estados Unidos se politizaron y se unieron en el movimiento feminista con la intención de acabar con la dominación y la explotación de la cultura del hombre blanco, pero se olvidaron de nosotras. El feminismo americano, tal y como está, es básicamente un movimiento de clase media blanca. Como mujeres no-blancas nuestras luchas son en dos frentes. Esta exposición no señala necesariamente la injusticia o la incapacidad de una sociedad que no ha querido incluirnos, sino que indica una voluntad personal de seguir siendo ‘otro’ ”.

Ana Mendieta, Serie Siluetas, 1980.
Ana Mendieta, Serie Siluetas, 1980.

Como resultado de la inclusión en la teoría y la práctica feminista de las aportaciones de mujeres procedentes de otros países, se han hecho más evidentes las diferencias culturales entre las mujeres, pero también las cambiantes y variadas percepciones en torno al feminismo. En el contexto latinoamericano es fácil rastrear la presencia del arte de denuncia, del arte con contenido y carga social, pero no ocurre lo mismo cuando se trata de problemáticas que conciernen exclusivamente a las féminas. Los debates en torno a la condición de las mujeres irrumpen en América Latina a mediados de los 80. Desde entonces ha aumentado de forma paulatina el número de artistas que a través de sus obras denuncian la situación de las mujeres en sus países de origen, tanto en la sociedad como en la historia, teniendo sus propuestas un carácter militante y una fuerte vinculación con lo corporal.

En las artes visuales en México se gestó, ya desde los 70, una nueva conciencia femenina plasmada en los discursos artísticos de creadoras, que como Mónica Mayer, han participado activamente en el desarrollo del arte feminista. Por primera vez las artistas emplearon el arte desde una perspectiva de género, como herramienta para denunciar y concienciar, ahondando en temáticas para atacar y minar la cultura sexista y machista dominante, dando paso a un proceso de reivindicación de los derechos de las mujeres, de construcción de discursos centrados en la identidad femenina y de cuestionamiento de la situación de la mujer en la sociedad patriarcal. Estos discursos de género en las artes visuales mexicanas configuraron una vía de expresión de la cultura femenina y propiciaron las aportaciones de las mujeres artistas a la historia del arte en México. A partir de ese momento se fue gestando una autoconciencia de género de forma individual pero también de forma grupal, lo que propició una mayor presencia de las mujeres en el ámbito artístico mexicano.

Mónica Mayer, Quiero hacer el amor, postales, 1978.
Mónica Mayer, Quiero hacer el amor, postales, 1978.

El arte feminista en México ha recibido poca atención por parte de la crítica especializada, siendo escasos los estudios dedicados a este tema. Esto explica la ausencia de una teorización del feminismo en las artes visuales del país. A esta circunstancia hay que añadir otra cuestión no menos importante: la reticencia de las artistas a autodenominarse “feministas”. ¿A qué responden esas reticencias? Muy posiblemente al riesgo que implica autoetiquetarse y al miedo a la marginación en un ámbito, el artístico, en el que el sexismo sigue estando muy presente.

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