Canon, exposiciones y prejuicios de género

Las mujeres han creado y transmitido elementos culturales pero sus contribuciones al desarrollo humano han sido consideradas secundarias dentro de la sociedad por la dominación de los valores patriarcales en el registro histórico, que ha supuesto la presentación y ordenación de las actividades masculinas como las más importantes.  Los/as directores/as, comisarios/as, críticos/as, investigadores/as y docentes tenemos una responsabilidad y una obligación: no dejar fuera de la historia las aportaciones de las mujeres a la cultura.  Los museos y centros de arte tampoco deberían contribuir públicamente a perpetuar esta marginación histórica. Las instituciones museísticas a través de sus exposiciones muestran las narrativas dominantes, dejando fuera lo marginal, lo que no está aceptado, al tiempo que canonizan, legitiman, seleccionan y ofrecen una versión del pasado. Los museos se erigen así en uno de los pilares que sostienen el canon artístico, ese discurso que sanciona, por ejemplo, el arte que debemos estudiar, que está políticamente en lo masculino y es, culturalmente, de lo masculino. El canon es, por tanto, una cuestión de poder, es la enunciación de la masculinidad -occidental, blanca, burguesa, heterosexual-, es selectivo, está sesgado, tiene prejuicios de género y se constituye como una estructura de dominio y subordinación que históricamente ha marginado y relativizado a las mujeres.

Pongamos como ejemplo de la forma en la que opera el canon artístico la exposición Pintura y poesía. La  tradición canaria del siglo XX, producida y organizada por el Gobierno de Canarias, que actualmente puede visitarse en TEA Tenerife Espacio de las Artes, centro dependiente del Cabildo de Tenerife. Comisariada por los catedráticos de la Universidad de La Laguna Fernando Castro Borrego y Andrés Sánchez Robayna, la exposición está estructurada en diferentes ámbitos temáticos – el mito, la historia, los cuatro elementos, el signo isla, la luz, el signo cuerpo- con el objetivo de poner de relieve como los artistas plásticos y los poetas de las Islas comparten determinados repertorios simbólicos.

Tras un primer recorrido por la exposición detectamos que sólo están presentes tres mujeres de un total de 37 artistas participantes[1] -Maribel Nazco, María Belén Morales y Maud Bonneaud- y que ninguna poeta ha sido incluida en la muestra. A tenor de esta residual presencia femenina ¿qué mensajes transmite esta exposición al espectador? En mi opinión principalmente tres:

En el arte en Canarias las mujeres dedicadas a las prácticas artísticas (y a la poesía) son casi inexistentes en el pasado y en la actualidad. Falso. Desde el siglo XVII está documentada la existencia de mujeres dedicadas a la práctica artística. Y en concreto en el siglo XX es notable y destacada su presencia y participación en las artes en Canarias. Desde principios de siglo XX encontramos nombres femeninos en el arte, mujeres que poco a poco consiguieron ocupar un lugar en el ámbito artístico. Citemos como ejemplo a las numerosas artistas que durante la década de los 60 fundaron y formaron parte de los grupos de vanguardia de las Islas.

Pino Ojeda, Teneguia. Explosión volcánica, 1970.

Si han existido algunas artistas (y poetas), sus obras no tienen la calidad suficiente para estar presentes en esta exposición. Falso. Los tradicionales parámetros de autoría, calidad e influencia unidos al concepto de genio o de genialidad, por su carácter restrictivo y androcéntrico han sido establecidos por la Historia del arte para evaluar el discurso artístico, excluyendo todo aquello que no se ajuste a la norma establecida. El criterio de calidad es una de las estrategias desarrolladas por el canon artístico dominante para dejar fuera del discurso a las mujeres. Históricamente, y hay ejemplos notables, se ha establecido una equivalencia entre feminidad y baja calidad. La percepción del valor histórico y artístico de una obra varía cuando se asocia a la producción artística de una mujer -y esto a su vez afecta al valor económico de la misma-. Estamos por tanto ante un parámetro que, bajo la apariencia de ser objetivo, es engañoso.

No hay mujeres que trabajen en el campo de la plástica (y en el ámbito de la poesía) sobre los temas que articulan el discurso de esta exposición: el mito, la historia, los cuatro elementos, el signo isla, la luz, el signo cuerpo. Falso. Citemos la obra El viento de Jane Millares, la serie de espirales que Lola Massieu realizó en los ochenta o los paisajes volcánicos de Pino Ojeda de la década de los sesenta y los setenta.

Lola Massieu. Sin título (Espiral), 1984. Colección Centro Atlántico de Arte Moderno CAAM. Las Palmas de Gran Canaria

Las preguntas surgen de inmediato. ¿Dónde están las obras de las artistas del siglo XX? ¿No son necesarias para entender lo que ha ido aconteciendo en el arte en Canarias? ¿No son importantes para entender y conocer la aportación de las artistas al arte del siglo XX en las Islas?  En esta exposición se deja fuera del registro a artistas como Pino Ojeda, Lola Massieu, Jane Millares, Vicky Penfold o Eva Fernández, por citar algunos nombres históricos, pero también a otras como Laura Gherardi o Antonia Bacallado con trayectorias que arrancan en la década de los noventa del siglo XX, pertenecientes a la misma generación que Santiago Palenzuela, Ángel Padrón o Julio Blancas -artistas que sí están presentes en la muestra-, y cuyas obras se insertarían de forma natural en ese repertorio simbólico que quiere mostrar la exposición.

Resulta muy llamativa la casi total ausencia de mujeres en la muestra -estamos hablando de todo el siglo XX – y aunque la intención última de la misma no sea la de establecer un nuevo canon artístico en la historia del arte y en la historia de la poesía en Canarias, no hay que olvidar que las exposiciones generan, nos guste o no, procesos de canonización. Nos encontramos, una vez más, ante otra oportunidad perdida para desarrollar discursos y narrativas nuevas, renovadas y transformadoras, para presentar una historia, la del arte y la poesía desarrollada en Canarias, que no oscurezca y anule la presencia y aportación de las mujeres.

Jane Millares, El viento, 1959. Colección Centro Atlántico de Arte Moderno CAAM. Las Palmas de Gran Canaria

[1] La nómina de artistas participantes la componen Martín Chirino, Óscar Domínguez, Juan José Gil, Pedro González, Juan Hidalgo, Juan Ismael,  Jorge Oramas, María Belén Morales, Julio Blancas, Tony Gallardo, Pedro Garhel, Paco Sánchez, Juan Gopar, Félix Juan Bordes, Pepe Dámaso, Plácido Fleitas, Felo Monzón, Santiago Santana, Luis Palmero, Santiago Palenzuela, Ángel Padrón, Cristino de Vera, Maud Westerdahl, Maribel Nazco, José Aguiar, Manolo Millares, Gonzalo González, Pedro de Guezala, Juan Hernández, Néstor, César Manrique, Carlos Matallana, Juan Bordes, Manuel Martín González, Fernando Álamo, Manuel Padorno e Ildefonso Aguilar.

 

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Un comentario

  1. No he visto esta exposición y por lo tanto no puedo juzgarla, pero tu texto, Yolanda, me parece coherente, inteligente y, sobre todo, valiente. Hay pocas, poquísimas, voces que se atrevan a desafiar el “statu quo” cultural en Canarias y de ahí esa sensación de impunidad que permite transitar alegremente entre el tropo y la tropelía. Tu texto tiene además un plus de coraje añadido porque trabajas en la institución que acoge -aunque no produce- esta muestra, y sabes que no va a faltar quien te lo eche en cara. Me inclino ante ti.

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