Jane Millares: ¿una mujer en la isla?

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(Artículo publicado el 28 de julio de 2018 en el Suplemento de Cultura de La Provincia/Diario de Las Palmas, Las Palmas de Gran Canaria, nº 1.568, pp. 4, 5)

En el año 2012 el centro de arte San Martín Centro de Cultura Contemporánea de Las Palmas de Gran Canaria presentaba Jane Millares Sall, diario de una pintora, la primera gran retrospectiva dedicada a la artista, comisariada por Laura Teresa García Morales. Si en los procesos de valoración de trayectorias artísticas, las exposiciones retrospectivas representan el índice más alto de reconocimiento por parte de los museos  y centros de arte, la valoración y el reconocimiento a la trayectoria de Jane Millares ha sido muy tardía: 57 años después de su primera exposición individual.

Jane Millares, Vasija de barro, 1959. Oleo tablex. Colección artista
Jane Millares, Vasija de barro, 1959. Colección de la artista.

Sus inicios en el arte se remontan a la segunda mitad de década de los treinta del siglo XX, cuando se adentra en la práctica del dibujo, la pintura y la escultura. Pero la irrupción pública de Jane Millares en el panorama artístico de Gran Canaria se produce en la década siguiente, concretamente en 1948 en el contexto de la IV Exposición Regional de Bellas Artes organizada por el Gabinete Literario de la capital grancanaria, certamen en el participa con una pieza escultórica. Su primera exposición individual tuvo lugar en 1955 en el Museo Canario, epicentro de la actividad expositiva de Las Palmas de Gran Canaria en esa década que albergó importantes colectivas de artistas y las exposiciones individuales de otras pintoras que, como Jane Millares, iniciaban por aquel entonces sus respectivas carreras artísticas: Elvireta Escobio, Remedios Morales y Lola Massieu. En 1957, con motivo de la inauguración de la segunda individual de Jane Millares en el Museo Canario, la también pintora Chelín Reino reseñaba la muestra en las páginas de la revista Mujeres en la Isla, destacando la juventud y belleza de la artista y la espontaneidad, sensibilidad y elegancia femenina de sus obras:

“Nos sorprende la originalidad, el color, esa composición tan personal, tan suya y una gracia especial que poseen las obras de esta pintora que, además, es joven y bonita. (…) Posee sensibilidad, imaginación y ese algo indefinible que la convierte en artista. (…) Toda su obra se desarrolla, en definitiva, en una línea graciosa cuya extrema finalidad es la elegancia, una elegancia muy femenina, también. Jane pinta, por temperamental inclinación, con una modernidad espontánea que la lleva a componer esos cuadros de encantadora simplicidad”[1].

En la misma línea se sitúan los comentarios publicados por Felipe Baeza Betancort en 1959, destacando la espontaneidad e ingenuidad de la artista: “Jane Millares es la ingenuidad; pero lo es fácilmente, de una manera espontánea, aunque su hábil composición parece hacerla proceder de un esfuerzo laborioso”[2].

Con motivo de una exposición de dibujos de Jane Millares, la periodista Margarita Sánchez Brito señalaba en 1962:

“(…) La artista nos descubre en ellos su intimidad, de mujer, de madre, de femineidad exquisita (…). Por eso sus dibujos, simples, apenas sugerencias en algunos de ellos, nos encantan a todos. (…) Nada se repite en ellos, Jane con su honda intimidad y su rica imaginación se desborda en ellos. Como si hubiese contenido por mucho tiempo la inspiración  (…) Y los ha expresado de una forma absolutamente exquisita, trayéndonos al recuerdo, plásticamente, los campos menores de la isla; los sentimientos más hondos del alma femenina -la coquetería, la maternidad, el dolor, la soledad, la ilusión –(…). La crítica ha dicho de su obra que posee ingenuidad, ternura y serenidad (…)”[3].

Han sido numerosas las exposiciones tanto individuales como colectivas que han ido jalonando las casi ocho décadas de trayectoria artística de Jane Millares, todas ellas celebradas en Canarias.  En una carta fechada el 1 de junio de 1964 y dirigida a Eduardo Westerdahl, el director de las Salas de Exposiciones del Ateneo de Madrid Carlos  Areán escribe: “En el Ateneo estamos ultimando ya el programa de la temporada próxima. (…) Me han hablado también mucho de una hermana de Manolo Millares cuya obra desconozco, pero sobre la que quizá usted pudiera informarme”[4].

Meses más tarde Areán escribe de nuevo al crítico tinerfeño: “Le ruego también si ve a la hermana de Millares, le diga, que le sigo reservando la fecha, pero que si antes del primero de octubre no me ha enviado su respuesta, tendré que interpretar que es que ya no le interesa la exposición, dado que tengo que presentar la programación definitiva a la Junta del Ateneo”[5].

A pesar del interés y los intentos de Carlos Areán, la exposición individual de Jane Millares en el Ateneo de Madrid nunca llegó a realizarse. Años más tarde durante una entrevista, Jane Millares aclaraba lo siguiente: “Exponer he expuesto bastante, lo que pasa es que fuera de aquí no. (…) A mi nunca me pagaron para ir a una exposición fuera. ¿Quién me pagaba el viaje? El traslado de la obra e ir yo también no era tan fácil”[6].

jane millares El viento
Jane Millares, El viento, 1959. Colección Centro Atlántico de Arte Moderno CAAM. Las Palmas de Gran Canaria

La celebración en el año 2000 de una muestra antológica comisariada por Teo Mesa y Paloma Herrero con su producción artística desde el año 1948, marca el arranque del proceso de recuperación de la obra de Jane Millares. Un proceso que no ha estado exento de los tópicos que han caracterizado la recepción crítica de su obra a lo largo de las décadas. Sirva como ejemplo el texto incluido en el catálogo de esa antológica escrito por Paloma Herrero y titulado “La ternura en Jane Millares” y que finaliza con la siguiente frase: “Es la ternura femenina de Jane, ternura en su familia, en su corazón, en su obra”.  Incluso cuando Herrero hace referencia a la vinculación de la artista con el denominado “indigenismo” plástico -sobre todo en sus obras de la década de los cincuenta- insiste en calificarlo de “tierno y delicado”.

De la lectura y el análisis de estos y de otros textos subyace una concepción de la creatividad femenina como algo instintivo, vinculado al temperamento, no racional, espontáneo, diferente a la creación masculina, considerada racional y meditada. En la producción artística  de los varones se valora la originalidad, la novedad y la expresividad. Sin embargo la creatividad femenina se asocia a la intuición, la sensibilidad, la espontaneidad, la fantasía, el azar y el temperamento, estableciéndose una concepción del arte hecho por mujeres como algo sutil, sereno, tierno, ingenuo y simple. En definitiva, una concepción de la mujer artista como un ser dotado de características como la inconsciencia, la espontaneidad, la inocencia, la incapacidad analítica y la intuición.  La feminidad y el victimismo son dos de los tópicos que habitualmente emergen cuando se analiza la obra y la biografía de una artista, dos tópicos que, en líneas generales, han marcado la recepción crítica de la obra de Jane Millares y el estudio de su biografía. Se hace referencia al “arte femenino” de la artista al entenderse que el hecho de ser mujer le ha conferido determinadas características a su obra, por encima de cualquier otra circunstancia. Todo lo que producen las mujeres, y el caso de Jane Millares no es una excepción, se mide y se evalúa bajo el concepto de feminidad, empleado generalmente para devaluar una obra cuando se detecta en ella un supuesto “carácter femenino” y para colocar a su autora en un lugar secundario. Hay un estereotipo de la feminidad, creada por la sociedad patriarcal, y en el campo del arte esa feminidad equivale a un “arte menor”. A esto hay que añadir el victimismo que siempre ha estado muy presente en las biografías que se han escrito sobre mujeres artistas. Biografías que, como la de Jane Millares, se muestran como una continua carrera de obstáculos y a las artistas como heroínas y luchadoras incansables contra la discriminación, los prejuicios y las barreras en una sociedad hostil, siendo el punto en común de la mayoría de estas biografías la insistencia en las dificultades que han tenido que superar para realizar su vocación. Se insiste en sus problemas personales y en circunstancias externas a sus realizaciones artísticas, algo que no es habitual cuando se analizan las vidas y las obras de los artistas varones. Esto contribuye a imprimirle un cierto carácter heroico y novelesco a sus vidas, ofreciendo una visión de la artista como víctima que en ocasiones se emplea para infravalorar su obra. Un buen ejemplo de ese halo de feminidad y victimismo que impregna el análisis de las biografías de las artistas es el texto incluido en el catálogo de la exposición Mujeres artistas, mujeres musas, celebrada en 2004 con obra, entre otras, de Jane Millares, en el que además se relaciona el acto de parir con el acto creativo:

“Las mujeres artistas en Canarias, por diversas circunstancias culturales y socioeconómicas, se integraron en el arte, con todos los honores y probidad, extravertiendo la vocación que en su piel subyacía y en su corazón palpita con total energía, en los cuarenta de la pasada centuria (…), en los que se arraigan sus pertinaces deseos para expresarse idiomáticamente a través de la pintura, escultura o poesía, haciendo prevaler sus sentimientos y sensibilidades artísticas. Es por lo que ocuparon la parcela que por derecho las correspondía en la cultura canaria con los méritos contraídos, como personas poseedoras de un animismo que las induce a  manifestarse a través de las artes. Su propósito fue hacerse un hueco en el espinoso follaje del inhóspito ambiente social dominado por el varón, omitiendo y marginando a la mujer a otras tareas del hogar y la crianza. Aquellas osadas advenedizas, cuando no intrusas, ante los órdenes establecidos y reglados, habiendo cometido una temeridad que con toda gallardía supieron estoicamente soportar como un cilicio, pero al que su fe en ellas mismas y sus loables propósitos de saberse personas, creadoras y portadoras de un arte innato y de un lenguaje que debía salir de sus entrañas por imperiosas necesidad, como quien ha engendrado y tiene que parir inexorablemente”[7].

Jane Millares, Arrorro, 1990. Acrílico lienzo. Colección privada
Jane Millares, Arrorró, 1990. Colección privada.

Si en la elaboración de las biografías de mujeres artistas se obviaran aspectos como la maternidad, los vínculos amorosos o los lazos familiares, se estaría destruyendo una parte de la vida de una artista que pudo ofrecerle material para su obra. Resultaría del todo erróneo ocultar episodios personales pero también presentarlos como la clave para la interpretación de sus obras, porque sería como afirmar que las mujeres solo reflejan en su producción artística lo que tiene que ver con sus vidas y que sus obras sólo pueden interpretarse desde lo psicológico y lo personal. El estudio de las artistas basado en aspectos exclusivamente biográficos contribuye a reforzar su confinamiento al ámbito de lo privado, consolidando de esta forma la mayoría de los estereotipos relativos a la creatividad femenina difundidos desde el siglo XIX. Estereotipos con los que son presentadas como un grupo homogéneo por el simple hecho de ser mujeres, que realizan un “arte femenino” con unas características muy definidas que las diferencian radicalmente de los artistas varones, un arte basado en la delicadeza, los temas íntimos y privados y la mayoría de las veces calificado de “amateur”. Y es que el amateurismo es otro de los tópicos tradicionalmente vinculados a la creación artística de las féminas, empleado, una vez más, para infravalorar sus creaciones artísticas.

La recepción crítica de la obra de Jane Millares evidencia como el trabajo artístico de las creadoras ha estado fuertemente mediatizado por convicciones de tipo social que han puesto el acento en su condición de mujer, con análisis críticos en los que prima el aspecto y el carácter personal de la obra, sin entrar a valorar otros aspectos, que en este caso han sido obviados e ignorados por gran parte de la crítica. Aspectos, entre otros, como su contribución a las prácticas artísticas textiles – con series como Cuerdas-, su interés por la cerámica aborigen, muy presente en sus obras o su singular y personal iconografía de la mujer canaria.

Jane Millares, Las calas, 1985. Óleo lienzo. Colección FULPGC
Jane Millares, Las calas, 1985. Colección FULPGC.

 

[1] Chelín Reino, “La exposición de Jane Millares Sall en El Museo Canario”, Mujeres en la isla, nº 36, Las Palmas de Gran Canaria, diciembre 1957, p.5.

[2] Felipe Baeza Betancort, “El paraíso encontrado de Jane Millares”,  La Tarde, Santa Cruz de Tenerife, 29 de octubre de 1959.

[3] Margarita Sánchez Brito, “La exposición de dibujos de Jane Millares”, Mujeres en la isla, nº 89, Las Palmas de Gran Canaria, mayo de 1962, p. 9.

[4] Carta manuscrita de Carlos Areán a Eduardo Westerdahl, Madrid, 1 de junio de 1964, Fondo Eduardo Westerdahl, Archivo Histórico Provincial de Santa Cruz de Tenerife.

[5] Carta manuscrita de Carlos Areán a Eduardo Westerdahl, Madrid, 14 de septiembre de 1964, Fondo Eduardo Westerdahl, Archivo Histórico Provincial de Tenerife.

[6] Entrevista a Jane Millares. Domicilio de Jane Millares en Las Palmas de Gran Canaria, 28 de Mayo de 2004.

[7] Teo Mesa, Mujeres artistas. Mujeres Musas, Club Prensa Canaria, Las Palmas de Gran Canaria, 2004, s/p.

 

 

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