La lengua rebelde

 

Tereo cortándole la lengua a Filomela. Ovidio, Le Bible des poetes, Metamorphose, Verard, 1493. Biblioteca Nacional de Francia. París.
Tereo cortándole la lengua a Filomela. Ovidio, Le Bible des poetes, Metamorphose, Verard, 1493. Biblioteca Nacional de Francia. París.

El silenciamiento de las mujeres ha sido una constante a lo largo de la historia, siendo numerosas las estrategias desarrolladas por el sistema patriarcal para acallar sus voces.  “Dios le ha dado la palabra a las mujeres” escribió Christine de Pizan en La ciudad de las Damas, en una época, la Edad Media, en la que el silencio era considerado una virtud. Ya Aristóteles en su obra Política afirmaba que “en la mujer el silencio es un ornato, pero no en el hombre”. “Adán -dice la Biblia- se mostró débil ante la palabra de la mujer”[1] y Ovidio en sus Metamorfosis ofrece un catálogo de técnicas y tácticas para silenciar a las mujeres. Insultos, violaciones y  metamorfosis, cualquier estrategia es válida para impedir que estas manifiesten sus opiniones, denuncien agresiones o accedan al espacio público. De todas las historias recogidas por Ovidio, la de Filomela es la que refleja de forma más cruenta y terrible el silenciamiento de las féminas y la lucha de estas por hacer oír su voz. Ovidio cuenta cómo esta joven griega, violada por su cuñado Tereo, tras recuperar el conocimiento y aún dolorida por los golpes, le grita a su agresor: “Yo misma, dejando de lado mi pundonor, contaré tu acción; si se me da la oportunidad, llegaré a la gente”[2]. Ante el temor a ser delatado y acusado públicamente, Tereo desenvaina su espada y agarrando a Filomela por el cabello, le corta la lengua:

“Filomela ofrecía su cuello y, al ver la espada, había concebido la esperanza de su  muerte; él sujetando con una tenaza la lengua (…) que luchaba por hablar, se la cortó con cruel espada; la profunda raíz de su lengua palpita, ella misma está en el suelo  y temblando balbucea sobre la negra tierra y, como suele saltar la cola de una culebra mutilada, se agita y al morir busca las huellas de su dueña”[3].

Ultrajada y encerrada, Filomela teje en una túnica un mensaje con hilo púrpura que llega a manos de su hermana Procne. Así, la boca muda que guardaba silencio consigue un medio para denunciar el crimen.

Jean Finot, Les muselières pour femmes et autres supplices, 1920, Paris.Las historias mitológicas muestran como han sido silenciadas las voces femeninas, pero también historias reales como las de algunas mujeres que al ser consideradas “problemáticas”, por dar su opinión y manifestar sus ideas en el ámbito familiar, padecieron inhumanas prácticas públicas de adiestramiento siendo sometidas a la brida de Scold. Este artilugio de tortura consistía en un casco de hierro que se colocaba sobre la cabeza de la mujer, con una brida que al ser introducida en la boca presionaba la lengua hacia abajo e impedía hablar. Tras su colocación era obligada a salir a la calle, acompañada de su marido, hermano o padre con la consiguiente humillación y escarnio público, que en ocasiones se acrecentaba al colocarse en el casco una campañilla que avisaba de su presencia. La brida de Scold fue empleada para “enseñar” a las mujeres que debían ser vistas, pero su voz no debía ser escuchada. Se les exigía ser objetos, pero bajo ningún concepto se les permitiría ser sujetos.[4]

BRIDA DE SCOLDLa tradición misógina, y el refranero español es un buen ejemplo, insiste en caracterizar a las mujeres como charlatanas, deslenguadas, indiscretas, mentirosas y parlanchinas. “Donde hay barbas, callen faldas”, dice uno de los muchos refranes españoles que perpetúan la creencia de que el habla de la fémina no tiene sentido y su voz no es digna de confianza, invitándolas al silencio e insistiendo en la idea de que los únicos dueños de la palabra son los hombres.  Esta misoginia  inherente a nuestra cultura ha servido para justificar la ausencia  femenina del ámbito de lo público, propiciando un modelo de comportamiento femenino impuesto, basado en la obediencia, la sumisión, la inacción y el silencio. Impedir a estas hablar públicamente es además una forma de dominio y de represión. Y cuando con lucha y resistencia mujeres desobedientes han logrado expresar sus ideas, cuando han conseguido desarrollar una voz propia, independiente y libre,  el patriarcado ha actuado empleando para ello todo tipo de argumentos para desautorizarlas, descalificando y desvalorizando sus opiniones: se las infantiliza insistiendo en su incapacidad mental y racional y se las infravalora como seres pensantes y libres.  Es más, el patriarcado impide la comunicación y el intercambio de ideas y mensajes entre mujeres, dificultando, en definitiva,  el desarrollo de la tan temida sororidad.

Las estructuras patriarcales, misóginas y androcéntricas han imposibilitado el uso del espacio público por parte de las féminas. La conquista de las calles y del espacio público es otro de los asuntos pendientes de la agenda feminista. “La calle y la fiesta también son nuestras”  es una de las consignas feministas coreadas en las manifestaciones. Históricamente la voz que tiene relevancia en lo público es la masculina: la que se oye, la que grita, la que se escucha, la que importa, la que manda y la que ordena. No hay que olvidar que las diferencias sexuales se han construido a partir de la división social del poder, que ha establecido una configuración específica del espacio: el público para los hombres y el privado para las mujeres.

[1]Véase Carmen Díaz de Rábago, “El silencio como ornato: las mujeres en la historia medieval europea”,  Dossiers feministes, nº 3, Univ. Jaume I, Seminari d’investigació feminista, Castellón, 1999, pp. 55-63.

[2] Ovidio, Metamorfosis, Cátedra, Madrid, 1995, p. 410.

[3] Ibidem, pp. 410, 411.

[4] Sobre este tema véase Miguel Cereceda, El origen de la mujer sujeto, Tecnos, Madrid, 1996.

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