¿Una metodología feminista?

Linda Nochlin, 2000. © Annie Appel.
Linda Nochlin, 2000. © Annie Appel.

La ausencia de estudios feministas sobre las artistas del pasado y del presente es una realidad más que palpable. Y es que hablar de mujeres no garantiza que se haga “crítica feminista”: muchos estudios dedicados a mujeres han sido publicados durante las últimas décadas, sin embargo la mayoría de ellos no pueden ser calificados como feministas. Esto nos lleva a formularnos las siguientes preguntas: ¿no son feministas por qué no han aplicado una metodología feminista? Es más, ¿realmente puede hablarse de una metodología feminista? ¿Existe un método de investigación específicamente feminista? Linda Nochlin, cuyos textos, estudios e investigaciones han sido el punto de partida de la historia del arte feminista, se declaró siempre en contra de toda metodología al considerar que ninguna de ellas era infalible ni estaba preparada para intervenir en todo, basando su método de análisis en la historia social del arte y en los análisis formales con un acercamiento al contexto cultural. En relación a esta cuestión la teórica del arte mexicana Eli Bartra aclara:

“Al hablar de una metodología feminista (…) me refiero al camino racional que recorre una mujer con conciencia política sobre su subalteridad femenina y en lucha contra ello para acercarse al conocimiento de cualquier aspecto de la realidad. También creo que los instrumentos que se utilizan (técnicas) difieren poco o mucho en tanto que respondan a necesidades y objetivos distintos”[1].

Las investigaciones feministas en el campo del arte no disponen de un método específico. Se trataría, en definitiva, de sacar el mejor provecho de los recursos del método histórico para responder a cuestiones específicas y concretas. El tema de las fuentes, su identificación y su crítica deben ser prioritarios, de ahí la importancia de la utilización de las entrevistas personales y el análisis y la crítica de textos, practicando la duda como método, preguntándonos sistemáticamente quién es quién, quién hace qué, quién piensa o quién se expresa de determinada forma. Como afirma la historiadora Isabel Morant:

“Contemplando el archivo de nuevo, las fuentes se amplían y se diversifican y ya no importa tanto que su procedencia sea masculina o femenina. La cuestión no reside tanto en las fuentes como en las preguntas. La tendencia más interesante será finalmente la de cruzar y producir la mezcla de las fuentes”[2].

Por tanto, más que un método o una metodología feminista deberíamos hablar de las tareas que son necesarias para impulsar una investigación feminista. En primer lugar, y aunque resulte obvio decirlo, una investigación feminista en historia del arte -y en cualquier disciplina- debe partir de los principios tanto teóricos como filosóficos del feminismo, debe cuestionar la objetividad y neutralidad del conocimiento, desmontar el androcentrismo, desvelar el sexismo en la disciplina, criticar la universalidad del punto de vista masculino, introducir nuevos objetos de estudio que estén relacionados con los intereses y las experiencias de las mujeres, criticar la invisibilidad. Aplicar una perspectiva feminista implica, además, introducir como objetivo general la presencia de las mujeres en la reconstrucción del pasado, documentando su experiencia histórica en el campo del arte, sin olvidar las condiciones sociales en las que se produce la creación femenina; encuadrar la incorporación de las féminas a la práctica artística; estudiar la construcción masculina de figuras de mujer, partiendo de la premisa de que la mirada de los hombres ha definido constantemente la identidad femenina; ordenar los antecedentes y acontecimientos claves en los procesos mediante los cuales las mujeres se hicieron visibles en la esfera pública del arte; aportar el papel desempeñado por las creadoras en el desarrollo del arte; estudiar descriptiva y críticamente la condición de las féminas en el arte; rescatar a artistas desconocidas y exponer sus obras a interpretaciones alejadas de los parámetros de la historia del arte tradicional; esbozar una historia de las condiciones sociales de producción artística de las mujeres; detectar la existencia de arraigados prejuicios en la recepción crítica de la obra de las artistas y analizar críticamente las diferencias entre hombres y mujeres en el campo del arte en relación a temas como la legitimación social, las características de su producción, la aceptación social de su producción y de ellas mismas y la circulación de sus obras.

Para hacer visibles a las artistas resulta esencial mirar el pasado de forma diferente y revisar nuestra comprensión del mismo, elaborando nuevas perspectivas y herramientas. Una perspectiva feminista implica reconstruir lo que no se ve, dotar de visibilidad a las mujeres, estudiar las representaciones artísticas, estudiar la producción de las creadoras, analizar los contextos históricos, institucionales e ideológicos, considerar los determinantes familiares, educativos, y socioculturales en los que las artistas crean, revalorizar las denominadas artes menores y la artesanía – los tejidos, el bordado, la costura, etc -, escribir de otra manera las biografías, analizar de forma diferente las obras de arte y abordar la historia del arte desde el punto de vista de las relaciones y diferencias entre hombres y mujeres.

[1]Bartra, Eli (1994): Frida Kahlo. Mujer, ideología, arte, Barcelona, Icaria, p.8.
[2] Morant, Isabel (1995): “El sexo de la historia”, Ayer, nº 17, Madrid, p. 46.

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